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Jinyu, la antigua abadesa de todos los Clanes y asuntos de Interés, convocó al joven maestro Kaimu a su presencia.

“Una docena de estudiantes del Heap Occidental se están quedando en el pueblo de abajo”, dijo Jinyu. “Todavía tienen que elegir una vocación y tienen curiosidad acerca de la programación. Vaya, pase la semana con ellos, enséñeles algo.”

Kaimu hizo esto con gusto, puesto que había deseado por mucho tiempo fomentar en los demás su mismo amor por el Arte de los Motores Ocultos.

Tras el final de la semana fue convocado nuevamente a la presencia de Jinyu. Ella tenía en sus arrugadas manos un fajo de cartas con familiares sellos postales púrpuras “¿Qué noticias hay de los alumnos del Heap Occidental?”, preguntó Kaimu.

Jinyu golpeó al maestro en la cabeza con su paraguas. “Todos han reportado desfavorablemente. Su habla era demasiado rápida, las diapositivas eran demasiado breves, sus gestos distrayentes, sus ejemplos inanes, y usted no dio recesos para ir al baño. En los raros momentos en que usted no era tedioso o locuaz, era totalmente incomprensible. Ninguno pensó que la clase fue digna de su tiempo”.

Kaimu estaba horrorizado. “¿Nadie aprendió nada?”

En respuesta, Jinyu lo golpeó en la cabeza de nuevo. “¿Qué se puede decir ahora de Kaimu?”

“Que él no puede enseñar”, dijo Kaimu miserablemente.

Jinyu asintió con satisfacción. “Entonces, una cosa se ha aprendido.”

Cuando Kaimu hizo una reverencia y se volvió para irse, Jinyu lo detuvo y dijo: “A partir de una semilla de manzana un tonto hace sólo una comida amarga, pero el jardinero puede hacer crecer una cosecha dulce. Ve, encuentra tu pala”.

Kaimu estaba confortado.