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El joven monje Djishin del Clan del Mono que Ríe se decía que prefería escribir código que comer o dormir. Pero aunque su producción era prodigiosa, mucha de ella era desagradable: él ignoraba librerías y plataformas de terceros, prefiriendo desarrollar sus propios sustitutos inferiores. A pesar de intentos repetidos de corrección, Djishin seguía implementando cosas que no necesitaban implementación, y a menudo lo hacía pobremente.

El Maestro Banzen, sospechando que entendía el insaciable fervor del chico, lo mandó llamar.

“¿Cuales son las Cinco Puertas de la Implementación?” preguntó Banzen.

Djishin repitió obedientemente:

“Que el Templo está necesitado;
que la necesidad se cumple con el código;
que el código aún no existe;
que la existencia puede ser lograda con esfuerzo razonable;
que el esfuerzo se emplea mejor ahora y por mi mismo.”

Banzen empezó a sermonear a monje sobre la importancia de la Tercera Puerta. “Maestro,” protestó Djishin, “No dudo que hayan cuchillos excelentes en el mercado, pero muchos son pesados de empuñar y difíciles de dominar. Mi cuchillo de trinchar podrá ser pequeño y aburrido, pero me ha servido bien.

Aquella tarde, Banzen reasignó a Djishin al Clan de Un Zapato y le dio una carga doble de tareas de codificación, ninguna de las cuales era crítica para las actividades del templo. Y como el Clan de Un Zapato no ameritaba su propia sala, Djishin fue realojado a un armario de escobas sin sol bastante alejado del ajetreo diario de la vida del templo.

La maestre Suku, quien apreciaba al monje, pidió a Banzen misericordia. Banzen la desestimó con un movimiento de la mano.

“No corregí al monje; Corregí al templo,” dijo Banzen. “Djishin sólo desea afilar su cuchillo. El templo le dio pollos para trinchar y destripar. Yo le dí una piedra de afilar.”

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